lunes, 28 de junio de 2010

Son las 00:42 minutos. Es una sala de paredes blancas. En realidad, ahora, no se puede apreciar nada. La oscuridad ha sumido la habitación. Pasan los minutos. 00:46. La bombilla solitaria se balancea invisiblemente en el aire. Debería haber vida, pero en esos momentos, no hay nada. Quizás se hayan olvidado. Los personajes trágicos que debían venir han olvidado su guión. Solo es una posibilidad, una como tantas otras, y que por tanto, no debemos desechar. Al final aparecen. Han venido porque van a ser participes de un asesinato. Es algo escabroso filtrarse como lector en esas paredes. Las palabras permiten que no haya secretos ni muros. Falta un minuto para la una menos diez. La medianoche pasada. Los gruñidos y los zumbidos empiezan arañar las paredes. Es esa hora bruja en que los pensamientos escapan. En medio de todo, en la penumbra absoluta, él está sentado con los ojos en blanco. Escapan por su boca, por sus manos y por todo su ser. Buscan rellenar las paredes, cambiar ese horrible suelo de granito. Anhelan, desde el momento en el que saltan de lo abstracto a lo real, las mismas cosas que todos los humanos deseamos. Unos se convierten en sombras, otros en ánimas y finalmente hay unos más resistentes, más duros que deciden tomar forma. Lo que siempre olvidan pero no deberían es que son productos de la mente de él. Quizás el problema no esté en ellos, esté en su creador pero, eso no importa, las consecuencias las pagan ellos. Como en la vida real aquellos que funcionen serán llevados hacia delante, los otros serán relegados al olvido, a la eterna espera. El momento en el que algo se convierte valioso es un principio. Es el momento de la evolución, del personaje redondo. Los segundos apremian. La aguja del segundero hace su camino silenciosa. Al llegar la una de la mañana, él sonríe. Necesita saber cuál es el límite de todo esto.

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